lunes, 16 de enero de 2017

TUS OJOS...



Cuando este mensaje emigre lejos de mi ya será un nuevo año. El tiempo es una línea recta que nunca se detiene, aunque intentemos dividirlo, encerrarlo, en compartimentos estancos.

Estoy lejos de la tierra de luz donde nací a la vida. Anclado, detenido, en una ciudad inmensa que se está volviendo inhóspita.
Hace días que una densa cortina de nieve limita el horizonte, ciega los ojos, paraliza con frío abrazo los latidos. El cielo se ha caído sobre las azoteas y de sus heridas brotan lágrimas blancas que todo lo cubren.
Han desaparecido las calles y las plazas. Las ramas desnudas de los árboles se quiebran bajo el peso del blanco llanto helado.
La nieve está alcanzando alturas nunca vistas. No hay forma de frenar la borrasca que nos envuelve amenazando con aniquilarnos.

Agobiante silencio se tiende sobre lo que antes era una ciudad dinámica que nunca descansaba.

No podemos recibir ayuda. Antes de romperse las comunicaciones llegaban noticias de que estaba sucediendo lo mismo en distintos puntos del planeta.
No salimos de nuestras casas. El frío es tan intenso que ya no quedan recursos para combatirlo.

La noche y el día se funden en una oscuridad interminable.

El viento muerde con rabia las altas esquinas que quedan al descubierto. Es un aullido sordo, sostenido, que se confunde con el de los lobos y penetra, como un escalofrío, hasta el último rincón, traspasando todas las barreras.

No consigo dormir, tampoco lo deseo.  Un extraño sopor, una ensoñación profunda, se ha apoderado de cada fibra de mi ser.

Los recuerdos flotan en el aire, se congelan y desaparecen, huyen hacia algún lugar oscuro sin retorno posible.

Estaban las señalas, pero no quisimos interpretarlas.
Desde confortables despachos se impulsó el crecimiento insostenible. El depredador humano, insaciable virus de la naturaleza, terminó por arrasar todo lo que se oponía a su codicia irrefrenable. Fagotizó a las demás especies destruyendo su hábitat natural. Envenenó el aire, el agua, y al fin se envenenó a si mismo.

El desprecio infinito de los que vamos a morir caiga sobre los principales causantes de este último e irreversible desastre.

Un pensamiento, una certeza última, desciende como un cuchillo y se clava en las entrañas. Duele, duele más que el frío, asistir al final de una especie a la que la naturaleza dotó de un cerebro prodigioso, tanto que al final la mala gestión de sus casi infinitas capacidades, le condujo a su propia autodestrucción.

Profunda tristeza atenaza lo que queda de mi alma.

Una extraña niebla limita los contornos.

Todo se borra...

...sólo quedan tus ojos... sólo tus ojos... nada más que tus ojos...

                                                                                                caminantesent


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