martes, 17 de mayo de 2016

PARÁBOLA, el saltamontes verde

Había una vez una familia de saltamontes de alas oscuras, que vivían en un entorno de ásperas piedras de tonalidades grises y marrones. Árido paisaje de escasa vegetación.
Perfectamente mimetizados con los elementos que les rodeaban, menos uno, más pequeño, de un intenso color verde que sobrevivía asilado, ocultándose, quizá por la extrema vulnerabilidad que le producía, en aquel medio, su llamativo color.

El viajero se detuvo a contemplarlo con las palmas de las manos vueltas hacia arriba, en ese lenguaje universal que significa amistad...
De pronto, con un inesperado y ágil impulso, el saltamontes saltó sobre ellas.

Se miraron largo rato: el viajero con
sorpresa; el saltamontes, muy quieto,
con sus grandes ojos inmóviles...

Así estuvieron mucho tiempo. Tal vez se estaban comunicando a través de la mirada en silencioso lenguaje sin palabras.

De nuevo el saltamontes tomó la iniciativa y en un prodigioso movimiento saltó sobre la camisa del viajero.






Ascendió muy despacio hasta acomodarse allí, cerca del corazón, como para un largo viaje...






Y caminaron más allá de las sendas, hasta el remoto lugar del mágico país, donde nacen los ríos y se forman los vientos.

Después de los flexibles juncos que crecían cerca del agua, coronados de delicadas flores azules, se extendía una suave pradera de intenso color verde, donde cientos de saltamontes, ¡también verdes!, les dieron alborozados la bienvenida.

Sintieron que habían llegado a su destino.

Estaba anocheciendo. El viajero se tendió sobre el fresco y acogedor manto. En el firmamento aparecieron los primeros puntos luminosos. Le pareció que el saltamontes también contemplaba el infinito. Desde algún lugar de la memoria regresaron aquellos versos escritos en horas de nostalgia.

                         "... y en el cielo, prado oscuro,
                          pasó el sembrador de estrellas..."

Y se durmieron felices y en calma, acunados por el latido del profundo corazón del mundo.
                                                                          
                                                                                Fin


P. D.
   Amigos mios: por distintos que seamos, por inhóspito que nos parezca nuestro entorno, siempre habrá una mano amiga para ayudarnos a recorrer el camino hasta ese lugar, donde seres de espíritu sensible, nos acogerán alborozados en sus limpios corazones.
                                   Y ya tendremos un hogar donde habitar.

                                                                                        Ángel V Díez Álvarez


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