jueves, 12 de noviembre de 2015

 Relatos taller de escritura
                                                   

 EL NIÑO QUE PLANTABA SAUCES 

Inspirado en el relato de Jean Giono, "El hombre que plantaba árboles"  

Había vuelto a suceder.  
El rápido deshielo de la nieve, que cubría las altas montañas, hizo aumentar el cauce del río y la fuerza del agua mordió, implacable, las fértiles riberas.  
Las gentes que habitaban en aquel valle apartado y tranquilo, lamentaron la pérdida de pastos, pero como en otras ocasiones, fueron incapaces de encontrar una solución.

Odín, niño huérfano y solitario, al que nadie prestaba atención como no fuera para burlarse del nombre, oyó decir a la anciana que lo recogió en la casucha desvencijada donde vivía rodeada de gatos, que en su juventud una espesa hilera de sauces, en las márgenes del río, impedían que arrastrase la tierra. Llevados por la codicia para obtener más pastos, los hombres primero talaron los sauces, después arrancaron las raíces y ahora pagaban las consecuencias. Se había cansado de repetirlo, pero no la escucharon, tratándola de ignorante y, a veces,  de bruja.

Desde ese mismo instante, Odín, inquieto y soñador, creyó haber encontrado la razón de su existir.
Se propuso plantar sauces a lo largo de las orillas del río. Era una labor ingente, pero tenía toda la vida para hacerlo.
Calculó que a cada paso plantaría un tallo. Eran casi tantos pasos como estrellas intentaba, en vano, contar por las noches.

Pasaron muchos años de intensa actividad. A veces las crecidas arrastraron parte de los árboles que no habían tenido tiempo de echar raíces fuertes y profundas. Otros se secaron. Pero Odín prosiguió su labor, metódico e incansable. Ni las burlas, al principio, ni el lento reconocimiento después, turbaron su ánimo. Su entrega desinteresada y absoluta a un ideal, le fue envolviendo en un halo de paz y sabiduría como nunca antes habían visto los habitantes de aquel escondido valle.

Una tarde, que con esfuerzo había conseguido llegar hasta el nacimiento del río, de pronto se sintió cansado. Al inclinarse para beber, vio su rostro reflejado en el agua transparente y cayó en la cuenta que ya era muy anciano.

Había terminado su labor y nadie le esperaba en la humilde casa heredada de su cuidadora.

Contempló el valle. Era magnífico. El río se alargaba hasta donde sus ojos, gastados por el tiempo, podían ver.  Una tupida hilera de sauces flanqueaba las orillas. Las frondosas copas protegían la corriente de los intensos  rayos del sol estival, conservando su anhelada frescura.

Las raíces sujetaban la tierra, cuando el deshielo era demasiado rápido.

Era su obra. La miró complacido. Había merecido la pena vivir y poder admirar aquel prodigio.

Se quedó así, sentado, con la espalda apoyada en la corteza del roble, hasta que las sombras de las montañas se tendieron sobe el valle.

Sintió que su corazón latía muy despacio, al ritmo del lento corazón del agua.

Le invadió un profundo sueño. Cerró los ojos y no quiso despertar...

                                                                              
                                                                                             Ángel V Díez Álvarez
                                                                                             
                                                                                           


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