martes, 24 de junio de 2014

REFUGIADOS

Avanzan lentamente.

Caminan en silencio. Sólo se escucha el irregular y oscuro sonido de sus pasos, sobre la dura tierra.

A veces llora un niño. La madre, exhausta, lo estrecha entre sus brazos: alfileres de fuego cruzan su corazón; lágrimas amargas inundan lo que queda de su alma.

No hay aves. No hay fuentes de agua cristalina, ni arroyos, ni ríos, donde saciar la sed.

La tierra llora polvo que asciende hacia el plomizo cielo.

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Primero es un susurro. Una voz ronca, entrecortada, canta una antigua y nostálgica canción.
Sólo es una estrofa:  habla de vivir como hermanos, de mirarse a los ojos, de compartir el pan.

La repite como un  mantra, una plegaria, una oración.

Poco a poco otras voces se unen.

Un canto poderoso y áspero se eleva hacia un cielo gris y casi ahoga el lejano estallido de las bombas.

Es la vida, tenaz, que agoniza, nace, canta, aún canta, sobre la dura tierra...


Angel V Díez Álvarez

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